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#relato

Por varios días pensé que serían necesarios motivos para seguir luchando. Motivos que no tengo, ni sé donde encontrar. Cuando en realidad, lo que realmente necesitaba era algo de paz. Porque, al final, sé que hay dolores que siempre existirán. Tanto así que existen nombres que siempre volverán a hacernos temblar.

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<div> —  La Sirena Terrestre </div><span>No creas que tu límite está en lo que piensan los demás</span>
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CRÓNICA DE DOS EN LA CIUDAD

CRÓNICA DE DOS EN LA CIUDAD

Es mediodía de compras en la ciudad confinada de Barcelona. Es en el barrio de Navas que Angelita, una uruguaya obligada a la españolidad por exilio en los ´70, y Elizabeth, condenada a portar en su nombre la herencia de la corona inglesa, se cruzan en la esquina de Murcia con Espronceda. Una arrastra el carro de las compras hacia el mar, la otra hacia las montañas. Entre las dos suman muchos más…


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Pista en el laberinto

Pista en el laberinto

Queridos lectores: hoy me siento en una especie de laberinto, del cual no sé cómo salir. Justo por este sentimiento ha nacido el siguiente relato. Espero lo disfruten.

Leo, después de dar varias vueltas en círculos, paró en seco. Un ruido de unas pisadas habían captado su atención. Él pensaba que estaba solo, pero al parecer no era así. Sigiloso se puso en una esquina, pues no sabía si los que…


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LA COCINA DEL INFIERNO: “Los ingobernables” (IV)

LA COCINA DEL INFIERNO: “Los ingobernables” (IV)

Fernando Morote

Ancash (2009)-Carlos Enrique Polanco

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Alguien había intentado sembrar rosas primero, luego geranios. Nada crecía allí. Todo posible ornamento de jardinería rechazaba nuestra presencia o sucumbía ante ella. Era un trozo seco de acera coronado por una banca de cemento. Aunque para los vecinos fuera sólo un nido de pastómanos, para nosotros era la Esquina de las Estrellas.De día…


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Pictórica


Soñar ha sido muy curioso en estos días. Es como si al cerrar los ojos dejándome llevar por la pesadez del cansancio, me transportara a otra vida a la que ya estoy muy acostumbrada. Viviendo situaciones muy diferentes u opuestas a esta realidad con personas que son cercanas allá y desconocidas aquí.

No hay una emoción de sorpresa, todo es tan cómodo, conocido y tan mío que no hay ni una pizca de…

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Se escuchó un maullido en la oscura habitación. Bueno, quizás oscura era excederse un poco. Unas pocas velas aun quedaban encendidas después de toda la noche sin ser atendidas. En aquel lugar entre la vida y la muerte, entre este mundo y otros muchos mundos, el mensajero abrió los ojos. Sus ojos eran de un rojo sanguinolento y su piel era de una palidez cadavérica. 


Y es que quizás era eso, un simple cadáver. Aunque los cadáveres no tienen el trabajo que el mensajero tenía. La tapa del ataud era otra pista interesante sobre como podía quizás un enviado de la muerte (¿O quizás de Dios?), pues tenía los clásicos emblemas de aquella familia ya olvidada en la ciudad, rica, de obvia alcurnia por dicha riqueza, y que había resultado extinta a excepción de uno de sus miembros. 


De nuevo otro maullido. Esta vez asomó una cabeza blanca que tenía sus dos orejas bien levantadas. Dos grandes ojos azules lo miraron con cierto aire inocente pero sin dejar de resultar inquisitivos. Aunque escapaba por el momento a la vista del vampiro, la cola se movía elegantemente de un lado a otro mientras observaba a su siervo o amo, nunca se sabía. 


—Hola amor.—Dijo el caballero nocturno alzando la mano para acariciar entre las orejas a la gata angora con el pelaje mas blanco que se haya podido ver. El pequeño animal dejó salir un ronroneo.—¿Que decías de un mensaje?
La gata maulló de nuevo. 


—Curioso. Y en plena madrugada, con lo peligrosos que son estos tiempos.—El hombre muerto en vida sonrió tras sentir los dientes de su amada sobre uno de sus dedos.—Tú también estás para comerte, amor mío.
Apartando la pesada tapa del ataúd (que siempre dejaba algo abierta por si su amada se quería acurrucar) se incorporó para situarse debidamente en el tiempo y el espacio, típica sensación de quien ha viajado recientemente y ha tenido poco tiempo para acostumbrarse al nuevo entorno. Y es que ciertamente era complicado viajar en caja de pino, pero las limitaciones de la inmortalidad eran las que eran. 


Efectivamente, en la entrada, por la pequeña rendija donde llegaban las cartas para los mensajeros había una sola carta.

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Demasiado.


La luz naranja del atardecer asoma entre los edificios del otro lado de la calle. Los días, cada vez más largos, vienen acompañados de ese calorcito que da la vida. Piensa en el tiempo, en esos así 365 días que parecen 6500 ¿Quién nos devolverá ese tiempo?, es más ¿se puede devolver? ¿se puede recuperar como las asignaturas pasado el verano? Duda un instante, quizá no haga falta, quizá cuando…

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Hermanos

Fuimos el principio y después la explosión, partimos de que la base es compartir para poder sobrevivir, que la sobrevivencia es un cúmulo de acciones en comunidad, recuerdos instantes, luces en el cielo distraído de nosotros, de todos. El túnel nos traga, el auto avanza, Hermana atrás Hermano en copiloto, salimos de la ciudad vamos a la costa, allá donde pandemia parece no querer ir, quizá no le guste el calor, nosotros vamos allá a la sal, al calor húmedo, al estruendo eterno del agua chocar una y otra vez. El camino hacia el golfo es pasar por bosques altos, para bajar a la sierra y caer en la costa, el eje neovolcánico surcamos dicexplica Hermano desde sus años de estudios, escuchamos atentos, aprendemos. Hablamos de nuestras vidas, de la de nuestros padres, de política, de música, allí vamos moviéndonos en esa plasta de concreto, asfalto, no hay prisa de llegar canta la canción y lo repetimos a nuestros adentros.

Dos pescadores arrojan su hilo, miramos el horizonte, las olas arremeten contra un conjunto de rocas que algún día cederán y serán arena, polvo. El mar se extiende hasta donde la linea se hace cielo, no hay contención en esa fuerza, ¿cuántas vidas habrá reclamado? cuanta vida guarda para ser descubierta allí debajo en el fondo donde dicen todo es oscuro, quizá no lo sea, allí donde la luz de sol no llega, hay otras formas de iluminación, otros idiomas. otras criaturas que piensan que afuera de esa enorme plasta de agua no hay nada.

Pero míranos, aquí absortos los tres mirando el mar moverse, mi corazón late, extraña, pero se siente feliz, mira que los tengo al lado le grito a la playa, están aquí conmigo, contigo, reímos, pensamos en que comer y partimos. Empanadas y un pescado frito tenemos en la mesa, bebemos cerveza, olvidamos de donde venimos pensamos donde estamos y el sol nos hace gotas de sudor en la frente, como lo que somos una tribu un pequeño clan, un vestigio de la union de dos seres y ahora nosotros aquí riendo y mirando al mar en una playa accidentada, el viento nos mueve los cabellos, ¡salud! por el que se casa, le gritamos al vientos, recodamos instantes de nuestra infancia, la tarde cae partimos.

De la bocina salen esas viejas canciones que cantamos una y otra vez en nuestro cuarto hace años, tirados en la cama, Hermana era muy pequeña, las tardes eran otras, los días eran distintos, los padres con menos arrugas, la noche nos absorbe, la cerveza resbala en el esófago cae al estomago, la casa de mamá siempre fue pequeña, la ventana dando siempre al mismo punto, Hermano en su cama, despertando antes yo, un recuerdo que se cuela, en este calor, el mar siempre empujando, nosotros tirados ahora a 300 kilómetros de nuestro origen, la pandemia persiguiendo a los diabéticos y obesos, y acá no pasa más que el viento que empuja al calor y después la bruma en la mente, la cerveza quizá de más, la noche no llega a su media, el gato de la estancia donde rentamos un cuarto nos mira y se acerca, en sus ojos se refleja la noche de nosotros 3, unos hermanos lejos de su casa, no en huida, solo en viaje con ganas de que nunca termine esta sensación de moverse en el globo terráqueo.

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Trabajo en equipo.


Siguiendo con vosotros, os traigo un nuevo relato, (Trabajo en equipo), espero que os guste.

Es más, desde Relatando.com, tendréis relatos para leer, sin coste alguno.

Trabajo en equipo.

Comenzó todo con la excavación de la piscina, ¡Si! Tenían que hacer un gran agujero en mitad del jardín para poder construir una piscina. De esta manera aplacaríamos el sofocante calor del verano, que en esta…


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“La Comunidad alguna vez lució serena y apacible en un tinte gris. Recelosa de su sombra, pendiente de ese anonimato que iguala a tabla rasa lo que no se ve, La Comunidad era el refugio seguro de mucho indecible y de tanto engañado que hacía dudar de su real existencia. Sin nombres, con rostros curtidos de pesadas historias pasadas, con cruces y estocadas estoicas, perfilaba un sepulcro de almas en pena, un lugar en dónde no se pregunta ni se mira. Pero un cierto día alguien miró, pintó un Sol grandote que atrajo a zorzales y calandrias, dibujó rosas y alelíes, y le devolvió la vida a tanto yerto que esa Comunidad, otrora pesada y plomiza exige hoy su muerte…” (extracto de “Lo que mora muy lejos de casa”, Copyright  KZC )


Todas las comunidades son raras, todas recienten a quien de ella no es, todas lo rechazan porque la homogeneidad es esa tácita e inviolable norma que asigna el más seguro límite; y sobre todo todas la comunidades  niegan serlo. Saben los “superhéroes” como Jorgito no sólo resuelven solos corriendo en el viento por los demás, también pintan Soles, dibujan rosas, y ayudan a la vida; algo que de haber sido leído con alguna corrección hubiere evitado mucho. Será que lo que ninguna Comunidad garantiza es la calidad de lo que reúne.  

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<div> —  La Sirena Terreste </div><span>¿Por qué sigues intentándo algo que sabes se acabó?</span>
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Sandra, una niña de nueve años, vestida con un abrigo marinero estrechísimo y corto con los botones colgando y a punto de soltarse, está sentada en un compartimento de segunda clase, las manos entre las rodillas, junto a la ventanilla. Le intimida y le alegra viajar sola. Contempla prados y más prados cargados de manzanas, casa con pajares, y mazorcas de maíz que cuelgan de los balcones, ríos tranquilos de color gris que el tren atraviesa sobre puentes de hierro, montañas parduscas manchadas de bosques y pequeños pueblos encaramados. Va diciendo adiós a todas esas cosas.


Fragmento de Regreso. Domingo. Relatos, crónicas y recuerdos, Natalia Ginzburg.

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Tú eres ese lugar al que ella siempre va
siempre que se siente mal
siempre que necesita salir de un apuro
tú no existes para nada más

Se acurruca junto a ti
entrelaza sus piernas con las tuyas
se aferra a tus brazos buscando cobijo
así como lo hacía antes
y despierta muchas cosas en ti

Camina por tu cabeza una y otra vez

Y te confunde
y te rompe
y juega con tu mente

Acaricias su cabello
y besas su frente
pero cómo quisieran tus manos y tus labios
llegar a otro lugar

Lloras por ella
lloras porque aún la amas
lloras porque te confunde
y lloras, maldita sea,
porque en sus poemas no estás tú

Pero su nombre siempre está escrito en los tuyos

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<div> —  La Sirena Terrestre </div><span>No busques cuando has tenido señales de que iba a desaparecer</span>
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La muerte del guerrero Jaguar

Caminaban entre los árboles, fuera del camino, como lo habían hecho muchas veces antes. Un yaokiski caminaba tras de él. “Muy flaco, pero con valor” pensaba mientras le veía quitar las ramas de su camino con determinación. “Es mejor hacerlo al anochecer” había dicho achkautli, pero el sabía que eso no importaba; cuando la batalla inicia el fuego de la guerra enciende los corazones de los que pelean y consume a los que se entregan al miedo. El sol asomaba ya sobre los cerros cuando el guía volvió.

—Es allá detrás de la loma —dijo este.

Todos se dieron miradas de aprobación y mostraron sonrisas de triunfo. Sujetó firmemente su macahuitl e inició la subida.

Se movía tan rápido como sus piernas le permitían para mantener el sigilo. El corazón daba golpes tan fuertes en su pecho, como si quisiera estallar. Alcanzó la primera cabaña y con fuerza derribó la puerta hecha de ramas. De nada le sirvió, al que ahí estaba, la lanza en sus manos. Su golpe fue tan fuerte y certero que le abrió la cabeza en dos. Encontró a dos mujeres y un niño temblando entre lágrimas en un rincón. Hizo un movimiento con la mano, señalando la entrada y estos obedecieron temblando de miedo. Los hizo arrodillarse en el suelo y los entregó al amarrador. Giró la cabeza en busca de oponentes. La sangre le hervía y por sus ojos salía lumbre. Vio entonces a uno de los suyos siendo partido por dos enemigos. Corrió y de un golpe abrió el vientre de uno. Vino a su encuentro el segundo y cerca estuvo de haberle matado, pero su mano fue rápida y tomó la mano con la que este sostenía su garrote. Con la mano que sostenía el macahuitl le rebanó el cuello. La sangre salpicó sobre su rostro, pudo sentir el calor y vio el vapor que salía de esta, pues era una mañana fresca. Se sintió completo y lleno del favor de los dioses.

Vio entonces a un hombre escapando con dos mujeres, entre los árboles. Sin perder un segundo corrió tras ellos. El miedo de sus victimas se convertía en combustible para su espíritu. Los gritos de agonía se alejaban conforme el corría. Un golpe en la cabeza lo detuvo de pronto y lo tiró sobre su espalda. Con un grito horrendo y otro golpe a su cabeza el hombre antes perseguido, ahora intentaba matarle. Alcanzó a reaccionar y con su macahuitl detuvo el que hubiera sido el tercer impacto. Lanzó golpes fuertes contra la cabeza de aquel hombre que se mantenía sobre él y lo empujó. Su rival se puso de pie al mismo tiempo que él y blandía su garrote fieramente. Lo había visto antes, el hombre que tenía en frente moriría antes que ser tlakotli. Se lanzó sobre él con fuertes ataques, pero su oponente se defendió con ferocidad y no dio muestras de temor. Sin embargo su espíritu no era el de un guerrero, solo podría aguantar un poco más. Reanudó su ataque, esta vez logró despojar del garrote a su oponente y con una patada lo derribó. Se acercó y con un corte en el cuello apago el espíritu de aquel hombre. Levantó su arma en el aire y la dejó caer con violencia sobre el pecho de aquel hombre caído. Con sus manos arrancó el corazón de su lecho. Dejó escurrir la sangre, que aún salía del órgano sin vida, sobre su rostro y bebió un trago. Al igual que la sangre de jaguar le había dado fuerza, la sangre de un hombre bravo le haría más valiente.

Gracias al espíritu del jaguar podía sentir el miedo de las dos mujeres que aun seguían en fuga. Continuó con la persecución con más entusiasmo que antes. El sol se colaba ya entre las ramas de los árboles. La tierra mojada le revelaba las huellas que debía seguir. No podían estar muy lejos, la batalla con el hombre no le había tomado mucho tiempo. Las encontró en escondidas entre los restos de un árbol caído. Escondidas entre las ramas trataban de contener los sollozos, muy atrás se habían quedado ya los gritos de sus familias y parientes. La joven mujer era muy hermosa. Jadeante de emoción se acercó para tocarla.

—¡No! —gritó la mujer más vieja al tiempo que lanzó una piedra, la cual le abrió una herida en la frente por la que empezó a correr sangre. Enfurecido por aquella acción tomó su daga de obsidiana, arrastró a la mujer en círculos y después le corto el cabello hasta dejar a la vista la piel debajo. Con un movimiento de su mano apuñaló el pecho de vieja mujer y la vio cerrar los ojos y entregarse al sueño eterno. La sangre del jaguar le pedía sangre, podía sentirlo en su interior. Volvió la mirada hacia la joven y se dirigió a ella. Estaba envuelta en una manta de algodón y no dejaba de temblar. Los dioses podían esperar, el jaguar exigía un tributo de sangre. Arrancó la manta que la cubría y pudo ver una piel suave del color del cedro. Recorrió la daga por su cara y bajó hasta su pecho desnudo. Hizo un pequeño corte en la oscura aureola, un pequeño hilo de sangre se hizo camino cuesta debajo de aquel redondo y virgen seno. Con la daga en el cuello de la mujer lamió la sangre y el pezón. El jaguar exigía más, dio vuelta a la bella hembra y enterró toda su virilidad de un golpe. La poseyó violentamente, hasta que el jaguar estuvo satisfecho. Entonces la recostó boca arriba y montado sobre ella, agarró con ambas manos la daga y la clavó en su pecho. Abrió las costillas y sacó el corazón.

—Mío —dijo el jaguar en su oído. Llevo el corazón a su boca y lo devoró hasta que no quedó nada.

 

—¡Tlatelchiuali! —dijo la mujer que había dado por muerta. —Maldito seas —sollozó entre lágrimas. —Era mi hija, mi pobre hija, Chalchihuatl, maldito seas, ocelopilli. Tu nombre será olvidado, el tuyo y de todos los de tu clase. ¡Yo te maldigo jaguar! Esa piel que llevas sobre tu espalda te habrá de consumir, será tu perdición. Todo aquel que derrama la sangre de su propia gente será consumido por el olvido. Nadie recordará tu nombre ni el de los tuyos ni ahora ni en mil años.

Se dirigió a ella lentamente y le cortó la garganta.

Z

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Sebastián Barrera · Josecito, el desobediente | Revista Almiar
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<div> —  La Sirena Terrestre </div><span>Me cansé de estar delante tuya y no me vieras</span>
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